la muerte del SaaS

El SaaS ha muerto, viva el SaaS

Cada vez son más las voces que se suman a vaticinar la muerte del SaaS (Software as a Service). Y claro, para quienes trabajamos en esta industria, el panorama parece casi apocalíptico: o empezamos a pensar en jubilarnos antes de tiempo o nos cambiamos el cargo por cualquier combinación de palabras que incluya las siglas IA y suene lo bastante técnica como para parecer que seguimos en el candelero.

Yo, sinceramente, tengo mis dudas con ese entierro prematuro.

En mi opinión, sí nos enfrentamos a lo que podríamos denominar una «Selección Digital«. Dentro de todas las especies de SaaS que existen hoy, e incluso de muchas que todavía ni han salido, habrá algunas que terminen extinguiéndose. Otras evolucionarán y sabrán adaptarse.

Como en casi cualquier proceso evolutivo, eso dependerá de muchos factores. Pero si tengo que quedarme con uno, sigo pensando que el principal será el de siempre: el valor percibido por sus usuarios y su capacidad de defender una posición real en el mercado. Es decir, su barrera, su MOAT, o como queramos llamarlo sin ponernos finos.

Del Software as a Service al Service as a Software

El otro día leí una idea interesante: que gran parte del SaaS evolucionará del clásico Software as a Service hacia algo más cercano a Service as a Software.

La idea que hay detrás tiene bastante lógica. Cada vez será más viable desarrollar soluciones mucho más ajustadas a las necesidades concretas de cada empresa. Algo parecido a lo que ya pasó en los inicios de la era web: primero muchas empresas tenían apenas una presencia básica dentro de directorios genéricos y, con el tiempo, cada vez más acabaron teniendo su propia web “a medida”, con su dominio, su alojamiento y su configuración particular, a medida que la tecnología fue democratizando el acceso y reduciendo costes.

Ahora estamos viendo algo parecido. Con todo lo que está saliendo alrededor del llamado vibe coding, la automatización y las herramientas asistidas por IA, parece cada vez más posible construir soluciones personalizadas sin la barrera tradicional que suponía el desarrollo. Ahí están los ejemplos que se repiten una y otra vez: el supuesto clon de Figma montado en un fin de semana, herramientas internas hechas en tiempo récord y todo ese imaginario de “si quieres, te lo haces tú”.

Y sí, creo que aquí viene una época dorada para perfiles con inquietud, curiosidad por aprender y cierta comprensión técnica.

Pero, siendo sinceros, no veo a todos los perfiles profesionales con la capacidad, las ganas o el tiempo para hacerlo. Y ahí es donde creo que a veces se está simplificando demasiado la película.

Hacerse un «Juan Palomo» no es gratis, aunque algunos lo vendan casi como magia

Hay una parte de todo este discurso sobre las soluciones a medida que a veces parece olvidarse demasiado rápido: más allá de que ahora construir pueda resultar más accesible, eso no significa que el coste desaparezca completamente.

Porque una solución a medida puede implicar, entre otras cosas:

  • Consumo de tokens o servicios de IA para su desarrollo o evolución;
  • Coste de base de datos, si la necesita;
  • Infraestructura en la nube, con almacenamiento, tráfico, seguridad y otros gastos asociados;
  • Tiempo dedicado a crearla, revisarla, probarla y ajustarla;
  • Dominio, servicios externos, integraciones y demás piezas pequeñas que luego nunca son tan pequeñas.

No digo con esto que no tenga sentido. Lo tiene, y mucho, en bastantes casos. Lo que digo es que no conviene comprar el relato de que esto sale gratis por generación espontánea, porque normalmente ese relato dura exactamente hasta que alguien tiene que mantener lo que ha construido, o se pone manos al teclado.

La vuelta al software local no es necesariamente una vuelta al orden

También hay quien plantea, a partir de todo esto, una vuelta al software en local, instalado directamente en el equipo. Y bueno, puede pasar en determinados escenarios. Pero tampoco conviene romantizarlo.

Que una solución esté en local no quiere decir automáticamente que sea más segura. Ni más robusta. Ni más fácil de mantener. De hecho, dependiendo del tamaño de la empresa, del tipo de solución o del uso que se le dé, puede convertirse en otra fuente bastante simpática de problemas: copias de seguridad mal resueltas, dependencias que nadie actualiza, fallos difíciles de escalar, fugas de información o una falsa sensación de control que luego se desmonta en cuanto algo serio falla.

La seguridad no desaparece porque saques el software de la nube. El mantenimiento tampoco. Ni la responsabilidad operativa. Solo cambian de sitio. Y a veces cambian para peor, la responsabilidad es completamente tuya.

Ya tienes tu solución «Juan Palomo». ¿Y ahora qué?

Porque esa es otra.

Imaginemos que ya has generado tu herramienta, tu sistema o tu pequeño invento digital hecho casi a tu gusto. Perfecto. ¿Y ahora qué?

Pues ahora viene la parte menos sexy y bastante menos viral:

  • Habrá que mantenerlo;
  • Habrá que seguir evolucionándolo según cambien las necesidades;
  • Habrá que corregir errores;
  • Habrá que dar soporte si lo usa más gente;
  • Y habrá que hacerse cargo cuando algo deje de funcionar, que tarde o temprano pasará.

Ese trabajo no desaparece. Simplemente deja de estar externalizado.

Por eso no termino de ver a todos los perfiles profesionales generándose soluciones a medida al estilo «Juan Palomo». Sí lo veo más en perfiles técnicos o híbridos, especialmente cuando necesitan herramientas muy concretas y la principal barrera hasta ahora era el coste o el esfuerzo de desarrollo. Ahí sí creo que se abre una oportunidad clarísima. Sobre todo en utilidades muy específicas, muy de nicho, donde el precio de algunas herramientas del mercado llevaba tiempo rozando lo delirante para lo que realmente ofrecían.

No todo lo que funciona como herramienta funciona como producto

Y aquí entra otra cuestión importante: una cosa es construir una solución funcional y otra bastante distinta es convertir eso en producto con distribución, tracción y sentido de mercado.

Por eso creo que muchos SaaS van a seguir teniendo sentido.

Porque no hablamos solo de crear una herramienta que haga algo. Hablamos de resolver un problema real, empaquetarlo de forma comprensible, distribuirlo, dar soporte, integrarlo, hacerlo evolucionar y conseguir que un mercado quiera adoptarlo. Y eso ya era difícil antes. Ahora no deja de serlo porque alguien haya conseguido prototipar algo en un fin de semana.

Dicho de otra forma: hacer software es cada vez más accesible. Hacer producto útil, defendible y con recorrido sigue siendo otra historia.

Hay SaaS que, precisamente por su complejidad, seguirán teniendo sentido

Luego hay otro tipo de Software as a Service donde veo que el modelo sigue teniendo bastante recorrido: el que opera en entornos regulatorios o bajo requisitos normativos concretos.

Cuando una solución tiene que adaptarse a normativas, requisitos legales, validaciones técnicas o infraestructuras públicas, la cosa cambia. Ya no va solo de montar algo que funcione. Va de cumplir, actualizarse, mantener compatibilidades, responder a cambios normativos y sostener cierta garantía de que todo eso no va a saltar por los aires a la primera de cambio.

Ahí no veo tan claro que el “me lo hago yo” vaya a sustituir de forma masiva a los SaaS existentes.

Y algo parecido pasa con las soluciones destinadas a empresas que necesitan certificaciones, auditorías o determinados niveles de cumplimiento. Esa capa de complejidad normalmente no es barata y no todos los profesionales o pequeñas empresas van a poder asumirla para una solución «Juan Palomo». No porque no se pueda técnicamente, sino porque el problema no es solo técnico. También es operativo, legal y económico.

El SaaS no ha muerto, sigue su evolución y «selección digital».

Lo que vengo a decir es que, frente a todos los que auguran una muerte inminente del SaaS en los próximos dos años, personalmente tengo mis dudas.

Sí creo, como decía antes, que estamos entrando en esa Selección Digital que acompaña a casi cualquier evolución tecnológica. Y eso implica que habrá especies que desaparezcan. Algunas porque no aportaban suficiente valor real. Otras porque eran demasiado fáciles de replicar. Otras porque estaban sostenidas por inercias de mercado más que por una propuesta realmente fuerte.

También vienen oportunidades nuevas

A la vez, sí percibo que viene una etapa con bastantes oportunidades. Por ejemplo, para equipos pequeños capaces de comercializar esos Service as a Software para clientes más modestos, no grandes corporaciones, sino empresas que hasta ahora no tenían recursos suficientes para plantearse determinadas soluciones más ajustadas a su realidad.

Ahí sí creo que se abre una ventana interesante.

Pequeña, eso sí. Porque ya sabemos cómo funciona esto: no tardará demasiado en llegar el capitalismo de mercado a canibalizarlo todo y en que la “mierdificación” empiece a llenar el ecosistema de packs, kits, plantillas y soluciones prefabricadas vendidas como si fueran la segunda venida del producto digital. Cosas poco pensadas, mal aterrizadas y con una vida útil probablemente bastante corta.

Ya lo vimos con las webs corporativas. Primero parecía que se abría un mundo de posibilidades. Luego llegó la saturación de cosas hechas con más entusiasmo que criterio. Y aquí pasará algo parecido.

Cuando baja la barrera técnica, sube el riesgo de construir sin criterio o sentido.

Además, hay algo que me parece importante y que a veces se pasa por alto: cuando baja la barrera técnica para construir, también baja la barrera para construir mal (ya no hay que pensar tanto porque es «barato»).

Y esto no es un detalle menor.

Porque muchas veces una cosa es lo que nos pide el cliente y otra muy distinta lo que realmente necesita. Si a todo esto le quitas esa capa crítica, agnóstica si quieres, que traduce necesidades, filtra ocurrencias y pone algo de orden entre idea, problema y solución, vamos a ver bastante software generado a partir de ideas felices con muy poco recorrido real.

Mucho token tirado a la basura, básicamente.

Y no porque la tecnología falle, sino porque el criterio crítico sigue sin venir incluido en el plan.

Así que no, no creo que el SaaS esté agonizando.

Lo que sí creo es que se está acabando una etapa bastante cómoda para cierto tipo de productos. Especialmente para aquellos que aportaban poco valor diferencial, resolvían regular lo que prometían o estaban sostenidos por una propuesta más inflada que sólida.

Pero de ahí a decir que el SaaS desaparece, hay un trecho.

Para mí, lo que estamos viendo no es el final del modelo, sino una fase más exigente. Una etapa donde sobrevivirán mejor los productos con valor real, con una barrera más clara, con mejor adaptación a su mercado y con más capacidad para resolver problemas de verdad, no solo para envolverlos en una suscripción mensual y una landing con mucho degradado.

Así que, ya sea Software as a Service o Service as a Software, yo desde luego todavía no compraría el titular de su defunción.

Otra cosa es que algunas especies no lleguen al siguiente invierno digital. Y eso, bien mirado, igual tampoco es una mala noticia.

¿Eres de los que piensa que el SaaS ha muerto? ¿O de los que cree que, precisamente ahora, toca decir eso de viva el SaaS? Te leo en comentarios.

Y sí, esto no deja de ser mi punto de vista actual. Como casi todo, también puede evolucionar. Menos mal.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio esta protegido por reCAPTCHA y laPolítica de privacidady losTérminos del servicio de Googlese aplican.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

Salir de la versión móvil